Lo que engorda no es el azúcar sino el sedentarismo

Por Hernán Maurette | Presidente del Centro Azucarero Argentino. Publicado en Clarín el 17 de septiembre de 2018

Ha calado hondo en la Argentina, país riquísimo en recursos naturales y producción de alimentos, una campaña de demonización de productos que nos nutren, alimentan y también “nos dan de comer”.

La Argentina debería medir la adhesión a este tipo de modas pasajeras inducidas por campañas que, sin mayor sustento científico, tienden a desalentar el consumo de productos de la naturaleza que hasta hace poco se nos recomendaba en la dieta alimenticia: lácteos, carnes, cereales y, ahora también, el azúcar.

Es cierto que la civilización avanza a pasos largos pero la inocuidad de algunos supuestos avances de la ciencia aún no ha sido totalmente establecida. Ciertas alarmas difundidas con pretendido rigor científico tienen, en verdad, origen en el desconocimiento; muchas se derivan del veloz éxodo del campo a la ciudad. El ser humano, que tiende a rechazar lo que no conoce, ha ido perdiendo el contacto con la naturaleza. Así se fue acomodando al confort urbanístico al punto de despegarse tanto de la naturaleza que, por su bajo nivel de defensas, muchos ya no resisten la exposición al natural.

Pero quien conozca el proceso de producción del azúcar no puede dudar de sus bondades. Consumirla es absorber la energía del sol captada por las hojas de la caña y, mediante un proceso simple, convertida en cristales que al mezclarse con otros alimentos los endulza, los conserva, los moldea, les brinda una consistencia única y, al mejorar su sabor, se convierte también en vector de nutrientes que de otra manera serían rechazados. El azúcar es fundamental en la infancia, mientras la persona va formando su cerebro; el 20 % de la energía consumida sirve para su desarrollo.

La FAO afirma que la obesidad deriva del desequilibrio entre la ingesta calórica y el consumo energético. Decir, entonces, que el azúcar engorda es un sofisma. Engordamos nosotros si no comemos en forma adecuada a nuestra actividad, tanto en cantidad como en la variedad. Es obvio, entonces, que quien hace vida sedentaria o sufre de ansiedad debería limitar las calorías que ingiere. Y aún si se privara del azúcar debería alimentarse con moderación, porque siempre estaría expuesto al riesgo cardiovascular o de diabetes. El mayor problema de esa persona es el sedentarismo. La situación está contemplada en las nuevas tendencias urbanísticas que favorecen el desplazamiento pedestre y abren más espacios verdes. La Ciudad de Buenos Aires es un ejemplo virtuoso al respecto.

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Sin embargo, el ministro de Salud insiste con la simplificación del chivo expiatorio y procura asustar a los consumidores de los productos que ofrece nuestro suelo y que dan trabajo a los argentinos. El doctor Rubinstein, fascinado con las nuevas olas globalizantes, afirmó en el programa de Mirtha Legrand que la Argentina es el país donde se consume más azúcar cuando, por el contrario, es uno de los países con nivel de ingresos medios que menos lo hace. Dejemos de agitar fantasmas. La población necesita moverse más y tener una dieta variada y adecuada a su consumo energético. Es cierto que esto no está al alcance de todos; que razones funcionales y hasta económicas pueden resultar limitantes en ese sentido.

Salgamos de las paredes del burgo, recorramos las praderas donde crecen nuestros alimentos y caminemos con quienes los producen y con los que los industrializan. Conozcámoslos, y a sus costumbres, sus familias, y disfrutemos de las recetas que caracterizaron a nuestro pueblo. Esta es nuestra receta: salgamos, caminemos y disfrutemos.